El cepillado no es solo estético: previene nudos, controla la muda y te deja revisar la piel. Cuánto cepillar depende del manto, y aquí te decimos la frecuencia para cada tipo.
El cepillado es el cuidado más subestimado y más importante entre baño y baño. No solo mantiene al perro bonito: distribuye la grasa natural que protege el pelo, retira el pelo muerto antes de que forme nudos, reduce la cantidad de pelo que suelta en casa y te da la oportunidad de revisar su piel. La frecuencia ideal depende del tipo de manto.
El error más común es cepillar solo la capa superficial. Los nudos nacen pegados a la piel, no en las puntas: si no llegas a la raíz, dejas un colchón de nudos por debajo que no se ve hasta que es tarde. Cepilla mechón por mechón, sujetando la base con los dedos para que el tirón no llegue a la piel, y pasa un peine al final para confirmar que no quedó nada.
Cada cepillado es una oportunidad para pasar las manos por todo el cuerpo del perro y notar a tiempo lo que de otra forma pasaría desapercibido: bultos, zonas sin pelo, enrojecimientos, garrapatas, puntos de pulga o piel irritada. Ese hábito convierte cinco minutos diarios en una herramienta real de detección temprana.