En verano muchos dueños piensan que rapar al gato lo refresca. Es justo al revés: su pelo lo protege del calor y del sol. Te explicamos por qué y qué hacer en su lugar.
Cuando llega el calor, mucha gente piensa que rapar a su gato es un alivio para él. Es uno de los mitos más extendidos y más dañinos del cuidado felino. El pelo del gato no es como nuestra ropa: no lo "abriga" de más, sino que forma un sistema que lo protege tanto del frío como del calor. Quitarlo casi siempre lo perjudica.
El manto felino actúa como aislante en ambos sentidos: mantiene el calor corporal en invierno y, en verano, crea una barrera que frena el calor exterior y mantiene la piel más fresca. Además protege la piel —muy delicada— de la radiación solar. Un gato rapado queda expuesto a quemaduras de sol, sobre todo los de piel clara, y pierde parte de su capacidad de regular la temperatura.
El gato no suda por la piel como nosotros. Se refresca de otras maneras: acicalándose (la saliva se evapora y enfría), eliminando calor por las almohadillas, buscando superficies frescas y reduciendo su actividad. Raparlo no ayuda a ninguno de esos mecanismos; lo que sí ayuda es darle sombra, agua fresca siempre disponible y lugares ventilados.
Rapar a un gato solo se justifica por una razón médica o de bienestar indicada por un profesional: apelmazado severo que no se puede cepillar, una cirugía, un tratamiento de piel, o un gato que ya no puede acicalarse. Fuera de esos casos, la mejor herramienta para el verano es el cepillo: retira el subpelo muerto que da calor y mantiene el manto aireado, sin quitarle su protección natural.